sábado, 25 de septiembre de 2004

Un año inolvidable

1ª GENERACIÓN

PENSAMOS QUE PODÍAN. Y llegaron, con sus pocas y muchas lecturas. Con y sin experiencia. Contrastantes y complejos. Sorprendentes. Como hijos de Guadalupe Victoria. Seguros de alcanzar la otra orilla. El compromiso y el triunfo. Y en general no vale elogiarlos mucho porque de pronto ocurre lo que sucedió: se estrellaron con el muro de sus propias palabras, encontraron el silencio, se vaciaron. Dudaron y tuvieron miedo. No siempre uno acierta, intentaba consolarlos. Deseaban reconfortarse. Pero se sufre.
"Toda juventud es sufrimiento", afirma respecto a Catulo Bonifaz Nuño. Y Abril Ambriz, Daniela Bojórquez, Maritza Buendía, Federico Vite, Jorge Vázquez y Luis Felipe Lomelí padecieron el dolor de la idea perfecta, la brillante anécdota y la aridez que se descubre tanto en la cuartilla como en la pantalla en blanco. Sintieron el peso de los días y la presión de que en ocasiones no basta el oficio ?circunstancia que es parte del oficio.
Mas en las reuniones de tutores nos sorprendíamos mutuamente al encontrar que cambiaban, que evolucionaban, que se convertían en mejores autores.
Las visitas externas, los escritores que los conocieron y con quienes convivieron, los auscultaban y diagnosticaban con ese gesto propio de los médicos cuando avanzan una segunda o tercera opinión. Confirmaban que podían. Entonces, se les exigía un poco más.
Resistieron. Aprendieron a su vez a exigirse y a dar más de sí. A mediados de junio podía notarse que la figura del tutor se había diluido en las reuniones. Cada sesión se había convertido en una discusión de escritores respecto a textos literarios. Y al comenzar agosto, cuando se les pidió entregaran una copia del trabajo realizado durante diez meses, no sólo estaban por concluir sus proyectos, su compromiso inicial, sino habían avanzado en la creación de otras obras.
Esto, lo saben, lo sabemos, sólo pudo suceder aquí, en la Fundación para las Letras Mexicanas. En otros ámbitos, con vocación semejante, no se reportan resultados tan satisfactorios. Me enorgullece en verdad que este primer grupo de narrativa terminara tres novelas y otros tantos libros de cuentos. Son originales elaborados con calidad. Sin embargo, sería traicionar la seriedad de esta labor recomendar su inmediata publicación. Todos los grandes escritores de reconocimiento universal lo afirman: un original es aún un último borrador, o uno previo ?incluso? cuando termina de escribirse. El autor debe darse distancia de su trabajo, vivir nuevas opciones y volver a él pasado cierto tiempo. Podrá entonces pulir con eficacia su estructura, su estilo, encontrar determinadas contradicciones, afinar a sus personajes, suprimir o reescribir algunos párrafos y procurar un cuidado balance de la trama, de la tensión interna, el adecuado matiz de ciertas atmósferas.
La obra de arte requiere tiempo. Un niño al nacer no está cabalmente formado. Lo sabemos. Lo aprendemos. Hay que dar tiempo. Felicitémonos, y felicitémoslos, pero no demos por finiquitada la obra sin cuidar esta condición por la que tantos libros pudieron ser sobresalientes.
No despediré a esta generación de becarios. Han demostrado ser escritores, lo que significa que, más que nunca, mientras estemos vivos, seremos parte de un mismo mundo en el que compartimos la necesidad de ennoblecerlo y dignificarlo. Adelante.
Finalmente, agradezco, agradecemos la condición sin la cual estos manuscritos nunca podrían haber sido escritos: al patronato de esta Fundación, y a sus dirigentes: Miguel Limón Rojas, Eduardo Reyes Langagne y Bernardo Martínez Baca, quienes en conjunto dieron una lección adicional: la del total respeto al trabajo del artista, con inteligencia, sensibilidad y cariño.